Relato de la comunidad
EL MÁS FELIZ
Por M Luisa Pérez Rodríguez
Cuando le veíamos entretenido con la locomotora, nos olvidábamos de los años que tenía, era como un crío. Aunque normalmente, se distraía con cualquier cachivache que estuviera pintado de rojo. Era tal el poder de fascinación que este color ejercía sobre él, que todo se le transformaba en pasión y ésta lo absorbía totalmente, y ya no contaban ni el tiempo, ni el apetito, ni el sueño… nada. El juego, su juego, era lo más importante.
Cuando cumplió los noventa años, le regalamos un chandal y vestido completamente de este color, se sintió el hombre más afortunado del mundo.