Relato de la comunidad
Filomena
Por Juan Francisco Mencía Murga
Nunca aparecía contenta, pero nos dejaba hacer, aunque se descomedía cuando perseguíamos a las gallinas en el corral. El cura parecía feliz viéndola desaforada. Era poco gentil con ella. Le quitaba autoridad delante de nosotros, los monaguillos, y, entonces, La Filo, así la llamábamos, lloraba, aunque, pícara, la veíamos sonreir, cuando él, muy a menudo, perdía los nervios. Siempre nos defendía llamándole, murmurando, cafre. Y él estallaba. Era su ama de llaves y estaba con él desde niño. Solterona pulcra y mayor, peinaba un cabello canoso y ondulado que recogía en un exiguo moño.
Hacía, en verano, una maravillosa ensalada de alubias.