Relato de la comunidad

Mentes sórdidas

Por Paula Emmerich

Dibujó una sonrisa extática cuando llegó el paquete. La entrega fue discreta y puntual. Acarició el embalaje con un cariño profuso: su espera había terminado. De solo pensar que su vida cambiaría para siempre, se llenó de vitalidad. ¡No más vergüenzas en el dormitorio! Destrozó el envoltorio con frenesí, dispuesto a probar la ciencia ahí mismo. «¡¿Qué?! ―reaccionó, y leyó espantado―: «Vitaminas La Luchadora». Las pastillas eran de un rosa fulgente. Se las tomó igual y, en un estado de excitación nunca antes experimentado, volvió a ingresar su pedido, asegurándose de marcar la casilla correcta: «Síndrome de piernas inquietas».

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