Relato de la comunidad
Para Ana
Por Amalia Martínez Fernández
Me enamoré de su risa,
dulce y contagiosa como la de un bebé.
De su cuerpo menudo frágil como cristal,
pero a la vez, tan fuerte como hierro macizo.
De su mirada de luz, del sonido de su voz
capaz de convertir en melodía la palabra.
La música,
acompaña sus momentos de soledad, para darle alas.
Por qué entonces,
ya no hay barreras para alcanzar sus sueños,
ya no hay trabas para conseguir su libertad.
Y sigue adelante en su lucha,
con más fuerza, con más ahínco,
para que la enfermedad se convierta en un mal sueño,
relegado al olvido.