Suelo ser bastante puntual. Pero nadie es perfecto: también yo llego tarde de vez en cuando. A la literatura, desde luego. Y a Cinco Palabras un poco más. Aunque ya me ha enseñado la vida que llegar tarde no es lo mismo que no llegar.
Cuando seleccionaron uno de mis microrrelatos como finalista de la XIII edición del Concurso de Microrrelatos, pensé que el número trece tampoco desluce tanto en las semblanzas biobibliográficas (sí, admira la palabreja; es deverdadero mérito escribirla con el corrector ortográfico activado). Lo segundo, que tenía que elegir una causa solidaria digna de compartir este premio si el jurado caía hechizado por el sortilegio de cinco palabras mágicas camufladas entre un centenar de ellas. No tardé nada. La respuesta estaba en mi propia ciudad.
Yo soy de Elda, señores. Ya lo cantaba nuestro insigne cantante Pedrito Rico. Y presumió de ello también nuestro don Emilio Castelar, si bien este nacido en Cádiz. Y ACCI.
La Asociación Contra la Ceguera Internacional lleva desde 2008 viajando a Togo con oftalmólogos, ópticos y voluntarios —muchos de ellos eldenses por nacimiento o adopción— para hacer algo que a nosotros nos parece lo más normal del mundo: que la gente pueda ver. Cataratas operables, gafas graduadas, tracoma tratable. Ceguera evitable. Esa última palabra es la que te machaca el alma: «evitable». No hablamos de maldiciones apocalípticas, hablamos de personas que podrían ver y no ven por falta de medios. Eso tiene solución, y ACCI la impulsa.
¿Por qué me había parecido tan natural elegirlos? Me vino a la cabeza una imagen de mi infancia que no se difumina nunca.
Mi padre trabajaba en una tienda de electrodomésticos. Gracias a eso pudo comprar, a mejor precio y a plazos llevaderos, la primera televisión que llegó a nuestra escalera de vecinos. Nadie lo planeó, pero aquella caja con antena convirtió la salita de casa en un rancho llamado La Ponderosa o en una grada del Bernabéu o del Nou Camp. Los vecinos venían por turnos, se traían sillas, y durante un rato todos compartían el mismo rectángulo luminoso. Los Picapiedra, el telediario, la bruja que movía la punta de la nariz… lo que fuera.
Mis padres abrían la puerta… y ¡adelante!
Ahora entiendo que lo que hacían, en el fondo, era regalar una «nueva visión»del mundo: el «ACCIeso» a una realidad que, para nuesros vecinos, sin aquella pantalla, era de matices tan borrosos como la imaginación.
Eso mismo hace ACCI en Togo: abrir una puerta, encender una luz, devolver a alguien la capacidad de ver su propio mundo. Con instrumental clínico en vez de antenas de cuernos, con gafas en vez de tener que arrimar o alejar las banquetas. Pero el gesto es el mismo.
Cinco Palabras lleva trece años haciendo exactamente eso desde aquí, con palabras. Docenas de causas, docenas de maneras distintas de decir —y escribir— que el otro nos importa. Este abril, la causa es ACCI. Y si has llegado hasta aquí leyendo estas líneas, ya sabes lo que toca.
Acércate (o aléjate, según). Siéntate. Enciende. Intenta mirar más allá
La vista de alguien no tan lejos en el mundo puede depender de ello.
¡Feliz decimotercer aniversario, Cinco Palabras!